En la plaza de la vida, un rostro sin nombre,
la indiferencia camina, callada, sin asombro.
Sus pasos dejan sombras, un frío insondable,
como un río que pasa, pero no es navegable.
Un llanto resuena, ahogado en el viento,
mas la indiferencia lo ignora, sin aliento.
No mira, no siente, no extiende la mano,
es la sombra del alma que olvida al hermano.
Pero la compasión, luz tenue y divina,
se acerca despacio, como aurora que inclina.
Sus ojos observan, sus manos sostienen,
donde hay quebranto, sus gestos detienen.
Indiferencia es silencio, compasión, melodía,
es el eco del amor en su plena armonía.
Donde uno no ve, la otra despierta,
como flor en el desierto, la tierra conecta.
¡Oh, compasión!, eterna y sagrada,
tu abrazo disipa la noche apagada.
Que nunca el alma ceda al vacío helado,
pues en amar al prójimo, hallamos legado.
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